Marítimo Portuario
Estrecho de Magallanes: más tráfico marítimo y una disputa estratégica
El aumento del tránsito de grandes buques, las restricciones del Canal de Panamá y las recientes tensiones diplomáticas han vuelto a poner al Estrecho de Magallanes en el centro del debate estratégico.
El Estrecho de Magallanes volvió a ganar movimiento en el mapa del comercio marítimo internacional. En agosto y septiembre de 2026, el tránsito de buques de entre 60.000 y 65.000 toneladas de registro bruto aumentó más de 70% frente a los mismos meses de 2025, según datos de la Armada de Chile citados por Bloomberg. Las restricciones del Canal de Panamá por la sequía explican buena parte del incremento, aunque las alteraciones de rutas vinculadas a la situación en Medio Oriente también podrían haber incidido en algunos desvíos.
El fenómeno no convierte al corredor austral en un sustituto de Panamá. Para determinados tráficos implica mayores distancias y costos de combustible. Su valor aparece en otro punto: cuando una ruta principal pierde disponibilidad o aumenta sus riesgos, disponer de un segundo corredor adquiere relevancia para las compañías navieras y las cadenas de suministro.
Las alteraciones de las rutas marítimas durante los últimos años han reforzado esa lógica. Sequías, conflictos y problemas de seguridad han demostrado que corredores considerados estables pueden enfrentar interrupciones en períodos relativamente breves. En ese escenario, el Estrecho funciona como una alternativa entre ambos océanos cuya importancia puede aumentar cuando las condiciones obligan a modificar itinerarios.
Esta proyección también estuvo presente en la primera jornada del Magallanes Logistics Summit 2026, realizado en Punta Arenas. Ricardo Partal, presidente de la Organización Mundial de Ciudades y Plataformas Logísticas, planteó que la región debe proyectarse más allá de su papel como alternativa cuando el Canal de Panamá enfrenta restricciones. “Nosotros, desde nuestra organización, lo que queremos es que se piense en Magallanes mucho más allá de simplemente ser una alternativa en el futuro”, señaló.
Para Partal, la ubicación de Magallanes dentro de los corredores internacionales de carga abre una discusión sobre el papel que puede asumir la región en el transporte marítimo. La cuestión no se limita a recibir buques desviados por contingencias en otras rutas, sino a desarrollar condiciones para que el corredor tenga una presencia más permanente en las decisiones de las navieras.
La dimensión estratégica del extremo austral quedó expuesta en agosto, cuando el jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina, brigadier general Gustavo Javier Valverde, definió la zona como una “llave bioceánica Atlántico-Pacífico” y vinculó a Magallanes, el sur y el Pasaje de Drake con cuestiones de soberanía. La declaración provocó una reacción diplomática chilena y posteriormente Argentina reafirmó la vigencia de los tratados de 1881 y 1984.
El ministro de Defensa argentino, Carlos Alberto Presti, comunicó después a su contraparte chilena que “no está en discusión que el Estrecho de Magallanes es chileno”. El episodio quedó encauzado por la vía diplomática, pero volvió a instalar una pregunta distinta de la discusión jurídica: qué importancia adquiere una ruta ubicada entre dos océanos cuando el comercio mundial enfrenta una creciente exposición a interrupciones.
¿Soberanía puesta en duda?
Pocos días después, el embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, incorporó otra dimensión al debate. Durante un seminario organizado por la Compañía Sud Americana de Vapores (CSAV), afirmó que Washington podría ayudar a Chile a proteger sus derechos sobre el estrecho. “Si quieren los recursos que tenemos para combatir el crimen organizado, si quieren un país que ayude a proteger su derecho en el Estrecho de Magallanes, si quieren todas esas cosas, entonces van a tener que trabajar con nosotros en las cosas que son importantes para nosotros también”, señaló.
Las declaraciones de Judd generaron una respuesta del canciller Francisco Pérez Mackenna, quien sostuvo que Chile puede defender su soberanía por sus propios medios. Más tarde, el embajador afirmó que sus palabras habían sido sacadas de contexto y negó haber condicionado la soberanía chilena. La controversia puso el foco en el alcance de la cooperación bilateral en seguridad y en las diferencias sobre cómo abordar la protección de activos estratégicos.
Estos comentarios adquieren mayor contexto al contrastarlas con una entrevista concedida el día anterior en un webinar organizado por la Fundación Chilena del Pacífico. En ella, el diplomático explicó que Estados Unidos está observando proyectos de infraestructura en Chile y que había visitado distintos puertos para conocer sus planes de expansión. Según relató, todos los puertos visitados tenían proyectos para aumentar su capacidad.
En el caso de San Antonio, Judd manifestó además el interés de la Development Finance Corporation (DFC) por participar en nuevos proyectos una vez que avanzaran los procesos de licitación. Su explicación sobre el criterio estadounidense fue más amplia: Washington, dijo, presta atención a aquellos proyectos de infraestructura crítica que puedan comprometer el control o la soberanía de los países.
“Lo que estamos mirando es si los proyectos de infraestructura o los proyectos de infraestructura crítica están cediendo soberanía”, sostuvo. En la misma conversación aclaró que Estados Unidos no cuestiona el comercio de Chile con China, sino aquellas situaciones en que un país pierde capacidad de control sobre activos estratégicos, especialmente cuando existen relaciones de cooperación militar o intercambio de información con Washington.
El analista geopolítico Guillermo Holzmann señaló hace algunas semanas que el Estrecho puede adquirir un valor adicional frente a escenarios de disrupción global. La cuestión no sería competir con Panamá en condiciones normales, sino disponer de una alternativa cuando otros pasos estratégicos enfrenten restricciones. Bajo esa lógica, la capacidad de Chile para mantener operativo y competitivo el corredor adquiere una dimensión económica además de territorial.
El desafío para el país pasa por transformar una ventaja geográfica en capacidades concretas: infraestructura, servicios marítimos, seguridad de navegación, conectividad y capacidad de respuesta. El aumento del tráfico y el interés que genera el extremo austral no garantizan por sí mismos un nuevo polo logístico, pero sí muestran el valor que puede adquirir una ruta que conecta dos océanos en un comercio mundial cada vez más expuesto a interrupciones.
Magallanes vuelve a aparecer así en una intersección entre comercio marítimo, seguridad y soberanía. El Estrecho no necesita reemplazar al Canal de Panamá para ganar importancia: basta con que el sistema global necesite más rutas disponibles y que Chile consiga convertir esa posición geográfica en una ventaja logística efectiva.