Anuncio

Actualidad

Estrecho de Magallanes: la ruta estratégica que vuelve al debate

El valor geopolítico, comercial y energético de la zona es incalculable.

Una reciente controversia diplomática con Argentina volvió a poner al Estrecho de Magallanes en el centro de la discusión regional. Su condición de corredor bioceánico adquiere relevancia frente a la transformación energética y la vulnerabilidad de las cadenas globales de suministro.

Publicado

La controversia generada en agosto por las declaraciones del jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina, brigadier general Gustavo Javier Valverde, volvió a poner el foco sobre el Estrecho de Magallanes. Al referirse a la necesidad de mantener presencia en el extremo austral, el alto mando argentino calificó la zona como una “llave bioceánica Atlántico-Pacífico” y vinculó a Magallanes, el sur y el Pasaje de Drake con cuestiones de soberanía. Sus dichos provocaron una reacción diplomática de Chile, que recordó que la soberanía sobre el Estrecho está respaldada por los tratados de 1881 y 1984.

El episodio fue posteriormente encauzado por las vías diplomáticas. Argentina reafirmó la vigencia de ambos tratados y su Cancillería señaló que estos reconocen la soberanía chilena sobre el Estrecho, mientras el ministro de Defensa argentino, Carlos Alberto Presti, comunicó a su par chileno que “no está en discusión que el Estrecho de Magallanes es chileno”. Sin embargo, la controversia dejó una señal que trasciende la coyuntura bilateral: si una autoridad militar vuelve a poner el foco en la necesidad de presencia en una zona que define como una llave entre dos océanos, es también porque ese corredor conserva un valor estratégico que excede su dimensión territorial.

Ese valor adquiere mayor importancia en un escenario donde la seguridad de las rutas marítimas se ha convertido en un componente de la competitividad logística. Las interrupciones en corredores estratégicos, las tensiones geopolíticas y la vulnerabilidad de infraestructura crítica han obligado a empresas y gobiernos a incorporar con mayor fuerza conceptos como resiliencia, diversificación y rutas alternativas. El Estrecho de Magallanes no necesariamente debe ser entendido como un competidor directo del Canal de Panamá, sino como una vía complementaria y un activo estratégico frente a eventuales disrupciones del comercio marítimo mundial.

El analista geopolítico Guillermo Holzmann plantea precisamente esa perspectiva. “Creo que debería plantearse como alternativa en caso de colapso mundial”, sostiene. A su juicio, si el corredor adquiere una mayor relevancia internacional, Chile podría contar con una herramienta adicional para negociar el acceso a bienes estratégicos y fortalecer su posición dentro de las rutas globales.

La discusión cobra una dimensión adicional cuando se observa lo que está ocurriendo en el propio territorio de Magallanes. La región se encuentra en una etapa de desarrollo de nuevos proyectos energéticos asociados al hidrógeno verde y sus derivados, una industria que puede generar nuevos flujos de carga, inversiones en infraestructura y conexiones marítimas con los mercados internacionales. De esta manera, la relevancia del Estrecho deja de estar asociada solamente al tránsito de terceros y comienza a relacionarse directamente con la capacidad de Chile para exportar nuevos productos energéticos.

Enap desarrolla una planta de producción de hidrógeno verde.

Polo para la transición energética mundial

Uno de los proyectos que refleja esta convergencia es “Acuario-Producción de Amoníaco Verde”, iniciativa del Consorcio Austral ingresada al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental. El proyecto contempla una inversión de US$4.700 millones, una producción de 4.100 toneladas diarias de amoníaco verde y un parque eólico compuesto por 173 aerogeneradores, con una potencia instalada de 1,73 GW. Su ubicación en bahía Gregorio y su orientación exportadora muestran la dimensión que puede alcanzar la futura cadena logística energética de la región.

El proyecto incorpora además líneas eléctricas soterradas de 220 kV y un sistema de almacenamiento de energía mediante baterías para compensar las variaciones de la generación eólica. La escala de la iniciativa permite dimensionar el desafío: producir combustibles de bajas emisiones en Magallanes será solo una parte de la ecuación. Será necesario transportar, almacenar, embarcar y exportar esos productos, lo que exigirá infraestructura portuaria, energética y logística de mayor capacidad.

Esta transición ocurre mientras Chile ajusta su propia estrategia de hidrógeno verde. La actualización de la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde y Derivados 2026-2030 plantea como focos la demanda interna y la descarbonización, el desarrollo de un nuevo sector exportador y el posicionamiento internacional, además de la gobernanza, la generación de valor local y el desarrollo de infraestructura habilitante.

Para Cristóbal Parrado, investigador del Centro de Transformación Energética de la Universidad Andrés Bello, este proceso debe estar acompañado por una mirada más realista sobre la madurez del mercado. El término anticipado del programa NEMa de Corfo, sostiene, no necesariamente representa un retroceso, sino una oportunidad para ajustar las expectativas y concentrar los esfuerzos en generar demanda. “Una industria incipiente como la de hidrógeno necesita de la demanda”, afirma.

Su planteamiento es relevante para Magallanes porque introduce una condición fundamental para cualquier estrategia exportadora: antes de alcanzar grandes escalas será necesario desarrollar capacidades locales, aplicaciones, proveedores y tecnología. Parrado plantea incluso la utilización de esquemas de blending como una forma de generar consumo interno y crear señales de mercado que permitan posteriormente avanzar hacia proyectos de mayor escala.

La región ya cuenta con un primer antecedente industrial. En el complejo de Cabo Negro, Enap desarrolló una planta de producción de hidrógeno verde con una inversión cercana a US$14 millones, equipada con un electrolizador PEM de 1 MW y abastecida con energía renovable proveniente del parque eólico Vientos Patagónicos. La instalación fue concebida también como una plataforma para desarrollar capacidades tecnológicas y humanas y explorar aplicaciones con terceros y movilidad.

El desafío será conectar esa etapa inicial con una infraestructura capaz de sostener una industria exportadora. Puertos, almacenamiento, transporte terrestre, generación eléctrica, servicios marítimos y conexiones con los mercados externos serán determinantes para definir la competitividad de Magallanes. En este escenario, la ubicación del Estrecho puede convertirse en una ventaja, pero solo si está acompañada por inversiones y planificación de largo plazo.

La dimensión geopolítica también seguirá presente. La reciente controversia con Argentina mostró que el extremo austral mantiene una sensibilidad estratégica que no puede separarse de su posición entre el Atlántico y el Pacífico. Para Holzmann, la fragilidad de corredores como el Estrecho de Ormuz y la posibilidad de que tecnologías de menor costo puedan afectar infraestructura crítica refuerzan la necesidad de que Chile incorpore la diversificación de rutas y la resiliencia logística dentro de su planificación.

El desafío, finalmente, no consiste solo en defender o reafirmar una posición geográfica que los tratados internacionales reconocen como chilena. Consiste en transformar esa posición en una ventaja efectiva para el comercio exterior. El Estrecho puede aportar una ruta complementaria para la navegación internacional y, al mismo tiempo, convertirse en parte de la plataforma logística que permita a Magallanes exportar hidrógeno, amoníaco y otros productos de una nueva economía energética. La coyuntura diplomática volvió a recordar su importancia; la tarea de Chile será convertir esa importancia geopolítica en infraestructura, conectividad, resiliencia y desarrollo económico.