Columna de Opinión
Chile no tiene por qué elegir
Carlos Alsua, académico de la Facultad de Economía y Negocios (FEN) UNAB, sostiene que Chile debe evitar quedar atrapado en la disputa entre Estados Unidos y China y apostar por una política de “autonomía estratégica”, capaz de resguardar sus principios.
La celebración en Santiago del V Encuentro Regional de Foro Madrid pone sobre la mesa varios temas políticos e ideológicos, pero hay uno que me parece especialmente importante para Chile: el nuevo papel de Estados Unidos en Iberoamérica y, detrás de esa discusión, una pregunta mucho más amplia: ¿qué debe hacer un país como Chile cuando la relación entre Estados Unidos y China se vuelve cada vez más competitiva y, en algunos ámbitos, abiertamente conflictiva?
A mi juicio, el error sería pensar que Chile tiene que elegir. Esta idea de que los países deben alinearse con Washington o con Beijing puede tener sentido desde la perspectiva de las grandes potencias, pero no necesariamente desde la nuestra. Chile es una economía relativamente pequeña, abierta al mundo y muy dependiente del comercio internacional. Precisamente por eso necesita margen para moverse, negociar y decidir.
No hablaría de neutralidad, porque la palabra puede dar la impresión de que Chile no debe tomar posiciones. Sí debe hacerlo cuando corresponda. Hay temas como la democracia, los derechos humanos, el respeto a los tratados, la soberanía o el derecho internacional en los que un país debe tener principios claros. Pero una cosa es tener principios y otra muy distinta es convertir toda la política exterior en una prueba de lealtad hacia una potencia.
Prefiero hablar de autonomía estratégica. Es decir, tener la capacidad de relacionarnos con distintos países sin que una relación importante impida desarrollar otra. Los números muestran por qué esto no es solamente una discusión teórica. Durante el primer semestre de 2026, China representó el 30,8 por ciento del intercambio comercial de bienes de Chile y recibió el 33,9 por ciento de nuestras exportaciones. Estados Unidos fue el segundo socio comercial, con una participación de 17,7 por ciento. Son cifras suficientemente grandes como para entender que reducir la discusión a una elección entre uno y otro sería poco práctico.
Además, ambas relaciones son distintas. China tiene un peso enorme en nuestro comercio de bienes y especialmente en sectores vinculados a la minería. Estados Unidos, en cambio, tiene una relación mucho más diversificada con Chile. En 2025 fue el principal destino de las exportaciones chilenas de servicios y, según cifras oficiales, mantiene un stock de inversión cercano a los 29.455 millones de dólares en el país. Esto importa porque servicios, tecnología, inversión, conocimiento y comercio de bienes no son exactamente la misma cosa.
Entonces, la pregunta relevante no es quién debe ganar en Chile. La pregunta es cómo Chile puede beneficiarse de ambas relaciones sin quedar excesivamente dependiente de ninguna. Para mí, ese es el punto central.
También hay que reconocer que el mundo cambió. Telecomunicaciones, inteligencia artificial, datos, infraestructura crítica, minerales estratégicos y cadenas de suministro ya no se pueden analizar exclusivamente desde una perspectiva comercial. Hoy también tienen implicancias de seguridad y de política exterior. Chile necesita criterios claros para evaluar estas áreas. No creo en excluir automáticamente una inversión simplemente por el país del que proviene, pero tampoco creo que debamos actuar con ingenuidad. Transparencia, competencia, seguridad de los datos y protección de infraestructura crítica deberían aplicarse por igual a cualquier inversionista.
Hay otro dato que a veces olvidamos. En el primer semestre de 2026, el 95,9 por ciento del comercio chileno de bienes se realizó con economías con las que existen acuerdos comerciales vigentes. Ese es uno de los grandes activos que Chile ha construido durante décadas. Nos permite mirar no solo hacia Estados Unidos y China, sino también hacia Europa, América Latina, Japón, Corea del Sur, India y los países del CPTPP. Mientras más opciones tenga Chile, mayor será su capacidad de decisión.
Y quizás ahí está la mejor respuesta al debate que abre Foro Madrid. Chile forma parte cultural, política e institucionalmente de Occidente, y Estados Unidos seguirá siendo un socio fundamental. Pero al mismo tiempo nuestra economía está profundamente vinculada con Asia y especialmente con China. Negar cualquiera de esas dos realidades sería hacer política exterior desde la ideología y no desde los intereses del país.
Chile no necesita estar a la misma distancia de Washington y Beijing. Tampoco tiene que estar de acuerdo con ambos en todo. Lo que necesita es algo bastante más simple y, al mismo tiempo, más difícil: mantener buenas relaciones, defender sus principios, diversificar sus socios y conservar la libertad de decidir. En un mundo que cada vez presiona más para escoger bandos, para Chile la verdadera ventaja puede estar precisamente en no aceptar que otros decidan por nosotros.