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Corredores bioceánicos: la apuesta que puede redefinir el mapa logístico

El impulso responde a una combinación de factores económicos y geopolíticos.

Desde el norte de Chile hasta el Biobío, regiones, puertos y gobiernos impulsan una red de corredores para conectar el Atlántico con el Pacífico. El desafío apunta a consolidar ecosistemas logísticos capaces de fortalecer el comercio con Asia y posicionar a Chile como una plataforma estratégica para el Cono Sur.

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Durante décadas, los corredores bioceánicos fueron vistos como iniciativas de integración regional que avanzaban lentamente entre acuerdos diplomáticos, estudios técnicos y proyectos de infraestructura. Hoy ese escenario comienza a cambiar. Las inversiones en carreteras, puertos, pasos fronterizos y plataformas logísticas, junto con el creciente interés de Brasil, Argentina y Paraguay por acceder con mayor rapidez a los mercados del Asia-Pacífico, están transformando estas iniciativas en una de las mayores apuestas para el comercio sudamericano de las próximas décadas.

El fenómeno trasciende la construcción de nuevas rutas. En distintos puntos del norte y centro-sur de Chile se desarrolla una competencia silenciosa por convertirse en la principal puerta de salida al océano Pacífico para millones de toneladas de carga provenientes del corazón productivo de Sudamérica. Antofagasta, Tarapacá, Atacama, Coquimbo y Biobío impulsan proyectos de infraestructura, fortalecen sus puertos y buscan atraer inversiones con un objetivo común: posicionarse como nodos estratégicos dentro de una red logística continental.

El impulso responde a una combinación de factores económicos y geopolíticos. El crecimiento de la minería argentina, el desarrollo de Vaca Muerta, el potencial agroindustrial del Mato Grosso do Sul y la necesidad de reducir tiempos y costos de transporte hacia Asia han devuelto protagonismo a los corredores bioceánicos. Para los países del Cono Sur, la posibilidad de conectar el Atlántico con el Pacífico representa una alternativa para diversificar rutas comerciales y fortalecer la competitividad de sus exportaciones en un escenario internacional cada vez más exigente.

Uno de los proyectos con mayor grado de avance es el Corredor Bioceánico Vial, que conecta Brasil, Paraguay, Argentina y Chile. Para el gobernador regional de Antofagasta, Ricardo Díaz, la relevancia de esta iniciativa radica en que "el Corredor Oceánico es la construcción de una ruta que no existía, generar un espacio nuevo que no había sido desarrollado antes". A su juicio, este proyecto marca un punto de inflexión al abrir una conexión terrestre capaz de modificar los flujos comerciales entre Sudamérica y Asia.

Las proyecciones reflejan la magnitud del cambio esperado. Actualmente, parte importante de las exportaciones del centro-oeste brasileño tarda cerca de 90 días en llegar a Asia utilizando las rutas tradicionales por el Atlántico. Según Díaz, la utilización del corredor permitiría reducir ese tiempo a aproximadamente 44 días, mientras que en algunos flujos específicos incluso podría acercarse a los 30 días. Además, estimaciones regionales proyectan que durante los primeros años podrían movilizarse entre cinco y diez millones de toneladas de alimentos a través de esta nueva conexión, un volumen superior al que hoy exportan los puertos del norte de Chile en carga no minera.

Sin embargo, el verdadero alcance de estos proyectos va mucho más allá del transporte de mercancías. Las autoridades regionales y los especialistas coinciden en que el éxito de los corredores dependerá de su capacidad para convertirse en plataformas de desarrollo económico y no únicamente en rutas de tránsito. La infraestructura física constituye apenas el punto de partida de una transformación que involucra inversiones, innovación, integración productiva y planificación territorial.

Los nuevos proyectos portuarios son claves para el éxito del sistema.

Una gran oportunidad para el norte grande

Esa visión ha sido especialmente impulsada por la Región de Antofagasta, que busca evolucionar desde el concepto tradicional de corredor de carga hacia un corredor de desarrollo. Ricardo Díaz sostiene que "en la medida que a la infraestructura física uno le agrega coordinación logística, se transforma en un corredor logístico. Si a eso le agregamos infraestructura física y blanda, generamos las condiciones para el desarrollo de un comercio". Bajo esa lógica, el objetivo no es solo movilizar mercancías, sino atraer frigoríficos, centros de distribución, industrias, servicios logísticos y nuevas inversiones capaces de agregar valor a la cadena.

La competencia por captar esos flujos ya moviliza importantes inversiones en distintas regiones del país. En Atacama, el Gobierno Regional impulsa una estrategia basada en el fortalecimiento de la conectividad internacional, el desarrollo de nuevos terminales portuarios y la recuperación de infraestructura ferroviaria. El gobernador Miguel Vargas ha planteado que la integración debe abordarse con una mirada nacional y que la combinación entre carreteras, puertos, ferrocarriles, energía y conectividad digital será determinante para responder al crecimiento de las exportaciones mineras y del comercio regional.

Los proyectos portuarios Punta Caldera y Copiaport-E, junto con la ampliación de la infraestructura existente, buscan consolidar a Atacama como una puerta de salida hacia el Pacífico para la creciente producción minera argentina y chilena. Paralelamente, la región avanza en iniciativas de desalación, generación de energías renovables y fortalecimiento de los pasos fronterizos San Francisco y Pircas Negras, entendiendo que la competitividad logística depende de un conjunto de factores que exceden ampliamente al transporte.

Tarapacá también comenzó a dar señales concretas de que el corredor dejó de ser una aspiración para transformarse en una realidad operativa. La reciente visita oficial de una delegación de la Receita Federal de Brasil al Puerto de Iquique evidenció el interés de las autoridades brasileñas por evaluar en terreno las capacidades logísticas chilenas y los mecanismos de control que respaldarán el funcionamiento del Corredor Bioceánico Vial. La misión técnica recorrió la ruta desde Mato Grosso do Sul hasta el norte de Chile para analizar la infraestructura disponible para el futuro tránsito internacional de mercancías.

La evaluación realizada en Iquique puso sobre la mesa otro desafío estratégico: la necesidad de preparar las ciudades y los puertos para un incremento significativo del transporte terrestre. Mejorar los accesos viales, ampliar la capacidad portuaria, optimizar la coordinación entre organismos públicos y privados y fortalecer la integración con la Zona Franca aparecen como tareas indispensables para responder a un eventual aumento del flujo de carga proveniente del interior sudamericano.

En paralelo, otros corredores avanzan bajo una lógica complementaria. El Corredor Bioceánico Capricornio busca articular los puertos de Antofagasta, Mejillones, Tocopilla e Iquique con los principales polos productivos del centro-oeste brasileño, mientras que la instancia de integración ATACALAR continúa fortaleciendo la cooperación entre Atacama y siete provincias argentinas para potenciar la conectividad, la facilitación del comercio y el desarrollo conjunto de infraestructura logística.

Un punto clave es la armonización de procesos aduaneros.

La multimodalidad como eje central

Más al sur, el Corredor Biobío-Neuquén incorpora una dimensión adicional a la estrategia chilena. Para Óscar Figueroa, académico del Instituto de Estudios Urbanos de la Pontificia Universidad Católica y miembro del Comité de Logística del Consejo de Políticas de Infraestructura, la conexión entre la Región del Biobío y la provincia argentina representa una oportunidad para canalizar parte de la producción energética e industrial de Vaca Muerta hacia los mercados del Asia-Pacífico, aprovechando la infraestructura portuaria y ferroviaria existente en el sur de Chile.

Aunque cada uno de estos proyectos posee características propias, todos convergen en un mismo desafío: construir sistemas logísticos integrados. La multimodalidad aparece como un elemento central para aumentar la competitividad, combinando transporte carretero, ferroviario y portuario con infraestructura aeroportuaria, plataformas logísticas, zonas francas y centros de distribución capaces de responder a las nuevas exigencias del comercio internacional.

A esa infraestructura física debe sumarse una infraestructura menos visible, pero igualmente decisiva. La armonización de procesos aduaneros, la digitalización de los controles, la interoperabilidad entre organismos públicos, la incorporación de tecnologías de trazabilidad y la coordinación entre los países participantes serán factores determinantes para evitar cuellos de botella y garantizar operaciones eficientes a lo largo de toda la cadena logística.

Para Antonia Bordas, geógrafa y asesora del Consejo de Políticas de Infraestructura, el desafío consiste precisamente en comprender que "los corredores de integración son mucho más que rutas para el transporte de mercancías. Son plataformas de desarrollo capaces de transformar territorios, generar nuevas oportunidades productivas y fortalecer la competitividad regional". La especialista sostiene que la experiencia internacional demuestra que los beneficios de estas iniciativas no surgen de manera automática, sino que requieren planificación, inversiones complementarias y una visión compartida de largo plazo.

En ese contexto, la competencia ya no será únicamente entre puertos o regiones. El verdadero diferencial estará en la capacidad para construir ecosistemas logísticos que integren infraestructura, energía, conectividad digital, capital humano, innovación, servicios especializados y gobernanza. Aquellos territorios que logren articular estos elementos estarán en mejores condiciones para atraer inversiones, diversificar su matriz productiva y capturar mayor valor dentro de las cadenas globales de suministro.

Chile enfrenta así una oportunidad histórica. Su ubicación sobre el Pacífico, la experiencia de sus puertos, el desarrollo de infraestructura logística y la estabilidad de su comercio exterior le otorgan ventajas importantes frente a otros países de la región. Sin embargo, materializar ese potencial dependerá de la capacidad para coordinar inversiones, fortalecer la multimodalidad, acelerar la facilitación fronteriza y consolidar una estrategia nacional que trascienda los intereses de cada territorio.

Más que una competencia entre Antofagasta, Tarapacá, Atacama, Coquimbo o Biobío, el desafío consiste en construir una red de corredores complementarios capaz de responder a las distintas vocaciones productivas del Cono Sur. Si esa articulación logra materializarse, Chile no solo reducirá las distancias entre el Atlántico y el Pacífico: también podrá consolidarse como una de las principales plataformas logísticas de Sudamérica y un socio estratégico para el comercio entre la región y los mercados del Asia-Pacífico.