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Almacenamiento y Bodegaje

Bodegas logísticas: por qué los kVA importan tanto como los metros cuadrados

El cambio se observa en la evolución de los propios equipos de manipulación.

La electrificación de equipos, la automatización, la cadena de frío y la electromovilidad están modificando los requerimientos de los centros logísticos. La capacidad eléctrica disponible comienza a incorporarse a las variables que las empresas evalúan antes de instalar una operación.

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Durante años, la decisión sobre dónde instalar una operación logística estuvo dominada por variables como ubicación, superficie, altura útil, accesibilidad, patio de maniobras y precio de arriendo. Sin embargo, la transformación de los centros de distribución está incorporando una nueva variable a esa ecuación: la capacidad eléctrica disponible.

El cambio responde a que las bodegas dejaron de ser exclusivamente espacios destinados al almacenamiento. En una misma instalación hoy pueden convivir sistemas de automatización, equipos de manipulación eléctricos, cargadores, climatización, cámaras de frío, talleres e incluso infraestructura para electromovilidad. En consecuencia, la disponibilidad de energía comienza a determinar qué tipo de operación puede instalarse y cuánto margen existe para crecer.

“Una bodega puede tener 10 kVA disponibles y otra 100 kVA o más, aunque físicamente parezcan similares. Muchos usuarios solo descubren la diferencia cuando deben instalar maquinaria o cargadores, pero eso de a poco está cambiando”, explica Maximiliano Montenegro, gerente de Operaciones de Procentro. El ejecutivo señala que esta variable está ingresando cada vez más temprano en las negociaciones de arriendo, con solicitudes de alimentación trifásica, cláusulas sobre capacidad futura y definiciones respecto de quién asumirá eventuales aumentos de carga.

Electrificación que cambia los requerimientos

El fenómeno está directamente relacionado con la electrificación de las operaciones logísticas. Equipos que tradicionalmente funcionaban con combustibles fósiles, como las grúas horquilla, están siendo reemplazados progresivamente por alternativas eléctricas, que requieren cargadores y una infraestructura capaz de soportar nuevos niveles de consumo. A esto se suma la expansión de sistemas automatizados, que incorporan transportadores, clasificadores, robots y otros equipos cuya operación depende de una red eléctrica estable.

“Antes era común encontrar grúas horquilla a gas o diésel. Ahora muchas empresas están migrando hacia equipos eléctricos, lo que implica cargadores, consumo nocturno y necesidad de potencia disponible”, afirma Montenegro. A su juicio, la combinación entre automatización y electrificación está haciendo que los requerimientos energéticos de una operación sean considerados desde etapas cada vez más tempranas del proceso de instalación.

El cambio también se observa en la evolución de los propios equipos de manipulación de materiales. Fabricantes internacionales están ampliando sus portafolios eléctricos y automatizados para responder a operaciones que buscan reducir emisiones y costos energéticos. Manitou, por ejemplo, ha incorporado manipuladores telescópicos eléctricos como los modelos MT 1440e y MT 1840e, mientras avanza en capacidades asociadas a robótica industrial y en una futura fábrica de baterías de litio mediante una alianza estratégica. La evolución de este mercado refuerza una tendencia: a medida que aumenta la electrificación de los equipos, también crecen los requerimientos sobre la infraestructura que debe alimentarlos.

Esta transformación no se limita a un tipo específico de maquinaria. Manitou cuenta actualmente con más de 400 modelos, diez plantas productivas y una red global de unos 800 distribuidores, con soluciones destinadas a construcción, logística, agricultura e industria. El desarrollo de equipos eléctricos y automatizados muestra cómo la transición energética está avanzando desde la infraestructura hacia las propias máquinas que ejecutan las operaciones, aumentando la necesidad de contar con instalaciones preparadas para nuevos perfiles de consumo.

Los mayores requerimientos se concentran en operadores logísticos.

No todas las bodegas enfrentan, sin embargo, las mismas exigencias. De acuerdo con Montenegro, los mayores requerimientos se concentran en operadores logísticos, empresas de e-commerce, flotas eléctricas, manufactura ligera, talleres productivos, instalaciones con climatización intensiva y operaciones de cadena de frío. En el extremo contrario, actividades de almacenamiento tradicional o distribución simple pueden funcionar con niveles de potencia considerablemente menores.

En centros de bodegaje es posible encontrar capacidades que van aproximadamente desde 500 kVA hasta 750 kVA, además de instalaciones que combinan más de una fuente de suministro para responder a operaciones con mayores demandas. La diferencia no es menor para una empresa que proyecta automatizar procesos, electrificar parte de su flota o incorporar equipos de refrigeración, porque una infraestructura insuficiente puede obligar a realizar obras adicionales antes de comenzar a operar.

Por eso, la revisión de la infraestructura eléctrica está adquiriendo un papel similar al de una due diligence inmobiliaria antes de cerrar un contrato. “En esa revisión hay que verificar la potencia disponible, si el suministro es monofásico o trifásico, la posibilidad de ampliar la capacidad instalada, el estado del tablero eléctrico, la existencia de respaldo, las certificaciones y los costos asociados a eventuales mejoras, entre otros puntos”, sostiene Montenegro.

Del inmueble a la infraestructura productiva

La discusión también comienza a trasladarse al desarrollo inmobiliario logístico. Para un parque de bodegas, disponer de una infraestructura eléctrica con capacidad de expansión puede convertirse en un elemento diferenciador frente a instalaciones que fueron diseñadas principalmente para almacenamiento convencional. La pregunta ya no es solamente cuántos metros cuadrados puede ofrecer una bodega, sino qué tipo de operación puede soportar y cuánto puede crecer sin requerir una nueva intervención de infraestructura.

El desafío adquiere especial relevancia en operaciones que necesitan continuidad energética. En la cadena de frío, por ejemplo, una interrupción eléctrica puede comprometer la operación y la carga almacenada, mientras que en centros altamente automatizados una falla puede detener procesos de preparación y despacho. En ambos casos, la potencia disponible debe analizarse junto con sistemas de respaldo y continuidad operacional.

La combinación entre electrificación y automatización también puede modificar las necesidades de los operadores en el mediano plazo. Los equipos eléctricos requieren infraestructura de carga, mientras que los sistemas automatizados demandan suministro estable y, en algunos casos, redundancia. A ello se suma la eventual incorporación de electromovilidad, climatización de mayor intensidad y tecnologías digitales, configurando un escenario en que la demanda energética puede crecer incluso sin aumentar la superficie de una instalación.

A futuro, esta tendencia podría modificar incluso la manera en que se valorizan los activos logísticos. “La electrificación de la logística, el avance de la automatización y la incorporación de sistemas de climatización con mayores requerimientos energéticos harán que la potencia disponible deje de ser una especificación técnica para convertirse en un recurso productivo”, proyecta Montenegro.

La evolución plantea así una nueva pregunta para operadores, desarrolladores e inversionistas: ¿cuánto vale realmente una bodega que tiene superficie disponible, pero no la energía necesaria para operar la logística del futuro? En un sector que avanza hacia mayor automatización, electrificación y eficiencia energética, la respuesta podría ser cada vez más determinante para definir dónde se instala una operación, qué tecnologías puede incorporar y cuánto puede crecer sin enfrentar nuevas restricciones de infraestructura.